viernes, 26 de marzo de 2010

Sangre

Dicen que la sangre sabe a metal.
Es algo que siempre he oído.
Pero yo no le encuentro sabor a metal, a mi me sabe a angustia, a desesperación, a miedo, a pena, a llanto...

Hay muchos tipos de sangre.
La sangre que escurre de tus dedos cuando te haces un pequeño corte pelando cebolla,
la sangre que se escapa de las raspaduras de las rodillas de esos niños que corren llenos de vida,
la sangre que empapa el asfalto donde hubo un accidente,
la sangre que gotea cerca de un baño público donde alguien se a arrodillado,
la sangre que mancha las aceras donde ubo una pelea...

y luego está aquella que se funde con el agua corriente y desciende por las tuberías, manchando el blanco lacado del lavabo donde diariamente te has lavado las manos y cepillado los dientes.

Dicen también que la mujer evoca la sangre, que vive acostumbrada a su presencia y su olor. Bien puede ser.

Pero hay sangres a la que no te acostumbras nunca... y es la sangre que anuncia una pronta muerte.
Manchando el asfalto, empapando las aceras, el lavabo... esas manchas que huelen a muerte... me aterran. Testigos silenciosos de un suceso que queda impregnado para la posteridad, para recordar al viandante que allí falleció alguien, hombre, mujer, joven, adulto, da igual... allí se extinguió una vida.

Y es entonces cuando te planteas lo débiles que somos el ser humano. Lo vulnerables, lo estúpidos...lo alterables. Carecemos de razón y actuamos como dioses y alli está....la sangre... dispuesta a recordarnos día a día que es lo que somos. Nada.
Hace pocos días descubrí en mi muñeca una cicatriz que había desaparecido y de hecho, nunca debió haber existido, pero ahí estaba, recordándome una locura del pasado. La primera vez que olí el miedo en la sangre fue la primera vez en la que la muerte me susurró al oído y a día de hoy, la última.

Por eso pienso, la sangre no sabe a metal, sabe a tus sentimientos y la sangre, nuestro subconsciente la relaciona con la muerte y la muerte... da miedo.