jueves, 22 de octubre de 2009

Lluvia

Los cielos se oscurecen, las nubes tan negras como el plumaje de un cuervo cubren por completo el cielo nocturno.
El rugido de los truenos amenaza lluvia y retumba entre los edificios de viviendas que me rodean.
El parque está solo y el chirrido de las cadenas del columpio donde me balanceo ensordecen mis oídos y crean una atmósfera siniestra de la que soy protagonista.
No hay nadie por las calles, las hojas caducas que el otoño va arrancando de sus ramas cubren el suelo como si de una basta alfombra persa se tratara.
El aullido de un perro se oye a lo lejos, perdido en la inmensidad de la noche, mientras tímidas gotas van cayendo una a una desde las oscuras nubes.

El cielo está llorando.

Sonrío.

Perfecto.

La lluvía cae como manto de agua que subre todo a su paso, tupida y fuerte, incesante.
Miro el cielo...
Me gusta la lluvia...
porque así nadie puede ver que estoy llorando.

No hay nadie por las calles, las luces de las casas se encienden, hace frío y llueve.
Me mezo en mi columpio de hierro mientras deshago en llanto mi rabia, mi pena y mi miedo...
poco tiempo me queda en esta tierra...
Mi hora se acerca...
¿será egoísta?
No hay despedidas, ni amigos, ni familiares, solo la lluvia y el silencio...

El sonido chirriante del columpio acompaña la cascada de agua cayendo en la ciudad.
De pronto la lluvia cesa.
El columpio sigue su incesante chirriar.
Pero ya no hay nadie en el parque.
Solo unas plumas negras se deshacen en el suelo mezclándose con los charcos de agua.
Nadie supo donde fue
Nadie pudo encontrarla
Sola se quedó
llorando en la plaza
y simplemente desapareció.

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